lunes, 26 de enero de 2009

EL CREDO DEL INCRÉDULO


Evolución: una de las creencias populares de los incrédulos.

CREO en la Nada Todoproductora d'onde salió el Cielo y la Tierra.

Y en el Homo Sápiens su único Hijo Rey y Señor,

Que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.

Nació de Santa Materia

Bregó bajo el negror de la Edad Media.

Fue inquisionado, muerto achicharrado

Cayó en la Miseria,

Inventó la Ciencia

Ha llegado a la era de la Democracia y la Inteligencia.

Y desde allí va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.

Creo en el libre pensante

La Civilización de la Máquina

La Confraternidad Humana

La Inexistencia del pecado,

El Progreso inevitable

La Rehabilitación de la Carne

Y la Vida Confortable. Amén.






Extraído de
“Las ideas de mi tío el cura" Leonardo Castellani.
Tomado de Stat Veritas

miércoles, 21 de enero de 2009


A mis soledades voy.

En mi soledad estoy
y en mi soledad me angustio
y canto solo de miedo
y el eco me sigue a dúo.

Porque existe un padre corto
-y debe existir mas de uno-
¿deberé morirme yo
morirme o volverme estupido?

Ningún mortal ha creado
lo que soy, poco o mucho:
hay un solo Padre Eterno
los demás son... latifundios...

"Desensillar -como dicen- hasta que aclare Juan Rubio".
Mejor dormir o cantar
que caminar en lo oscuro.

No se puede vivir hoy
sin deporte, y sin el gusto
del riesgo y de la aventura
y del humor y del humo.

POruqe en el mundo que corre
hay un toro suelto y bruto
que ha saltado la barera
y hay que torear el absurdo.

Parezco una mujer, pero una
muje es peor que un mulo
acerca de ciertas cosas
que ella solo ve -o ninguno.

La verdad es pegadora
aunque su conchavo es duro
defender las cosas que hizo
Dios, es su programa único.

Déme Dios la gracia de
sucumbir bien si sucumbo...
si él quiere librarme, Él sabe
y me librara a lo brujo.

Cristo cayó bajo el leño
no gallardo pero puro
no se revolco, no dio
coces, no lanzó rebuznos.

El mundo es ancho. La vida
es tenaz. Dios es profundo.
La maldad, la tonteria
son falsas reinas del mundo.

Al cabo de siete años
lo que el hombre ha dicho es nulo
y a las siete veces siete
todos quedamos desnudos.

He escrito en mi testamento
que pongan en mi sepulcro:
"Este ha amado la verdad como un niño como un burro. Naturalmente no fue César ni Creso ni Lúculo... y le dieron prestamente permiso de ser difunto".

Pero la verdad un día
pondra una flor en mi túmulo.
Todo pasa. El alma queda.
Este es el asunto.


Manresa, 1 de febrero de 1949.


R.P. Leonardo Castellani








Extraido de "El libro de las oraciones", Ed Dictio, 1978, Bs. As., pag.293.

Digitalizado por L.H.





martes, 20 de enero de 2009

LA INJUSTICIA

"El amor a los enemigos no excluye la lucha contra la
injusticia que está en ellos; antes a veces la impone."


H
oy le saqué al viejo un artículo que escribió sobre la injusticia, aunque el título que le puso, para adaptarse al temario, fue Reflexiones sobre la justicia. Lo escribió para un certamen o juegos florales que hicieron en Brescia, para conmemorar el centenario de la aparición de la Psicología y la Ética de Rosmini, los hermanos del Instituto de la Caridad. Contra todo lo que presumíamos ¡sacó un accessit! Estaba tan contento de este modestísimo triunfo que se daba por satisfecho del trabajo de escribirlo en la cárcel sin libros y de haberlo traducido al italiano sin diccionario. El accessit no comportaba ni una sola lira; la honra tan sólo. Lo publicaron los hermanos en una revistucha con el pseudónimo de Aureliano Martínez Robles.

Aquí se ve lo que hubiera producido este viejo cascarudo de tener los incentivos normales que tiene un escritor en su vida; cuando en medio del desierto de hielo en que vive es capaz de sacar de sus entrañas, como una araña flaca, tal cual parsimoniosa tela.

Reflexiones sobre la Justicia.

La injusticia es el disolvente más tenaz que existe.

Una injusticia no reparada es una cosa inmortal.

Provoca naturalmente en el hombre el deseo de venganza, para restablecer el roto equilibrio; o bien la propensión a responder con otra injusticia; propensión que puede llegar hasta la perversidad, a través del afecto que llaman hoy resentimiento.

Es, pues, exactamente, un veneno moral.

Hay una sola manera de no sucumbir a sus efectos: ella consiste en aprovecharlos para robustecer en sí mismo la decisión de no ser jamás injusto con nadie. ¡Ni siquiera consigo mismo!

Con ayuda de los dolores que provoca en el alma la injusticia sufrida –que en los seres de gran temple moral son extremados-, hay que saber ver la fealdad y la deformidad de las propias injusticias-posibles, pasadas y futuras; y de la injusticia en sí.

El que ha sufrido una gran injusticia en sí mismo, y no ha respondido con otra, no necesita muchas consideraciones para contemplar el punto de San Ignacio de Loyola: “considerar la fealdad del pecado en sí mismo, aun dado caso que no estuviese prohibido”. Vemos la fealdad del pecado más fácilmente cuando otro nos lo inflige, que cuando nosotros lo inflingimos.

Devolver injusticia por injusticia, o golpe por golpe, no remedia nada. La venganza, que dicen es “el placer de los dioses”, es un placer solitario y estéril. La vindicta es el placer de los dioses, así como el quijotismo es su deporte.

Nada más común en nuestra época que la indignación por la injusticia: es una de las características de ella. Esa indignación es natural; y nadie dirá que sea mala. Pero el remedio que se busca ordinariamente es malo, porque casi siempre implica otra injusticia.

Repartir la tierra a los campesinos: para eso hay que arrebatarla primero por la violencia –y con injusticia en muchos casos- a los boyardos. Los boyardos cometían injusticias con los mujicks; sea: los tenían reducidos a un estado de primitivismo, les sustraían quizá el salario justo, pecado que según el catecismo “clama al cielo”.

Pero el bolchevismo, que usó como instrumento político el estribillo “¡la tierra a quien la trabaja!” ha acabado por socializar la tierra y convertir al Estado en el Gran Boyardo, de manos más duras y corazón más pétreo que todos los otros juntos.

Pagar con una injusticia la injusticia aumenta la injusticia. El péndulo empujado de un extremo se va al otro; y comienza el movimiento interminable del mal, “el abundar la iniquidad”, que dijo Cristo destruiría en los últimos tiempos hasta la misma convivencia.

Esta actitud de digerir la injusticia resulta a la postre la mejor venganza. En efecto ¿qué se propone el odio? El odio se propone –o busca inconscientemente, pues hay odios inconscientes- esencialmente destruir. ¿Qué es mejor venganza que ofrecerle el resultado contrario, el ensanchamiento del alma propia, la purificación y mejora de la vitalidad interna?

Pero ¿dónde está la alquimia que convierta ese veneno en medicina y alimento?

“La ponzoña más dura y obstinada
es la injusticia social...
Una injusticia que no es reparada
es una cosa inmortal...”.

Si ¿dónde está el medio? Séneca decía: “Si alguien te ofende no te vengues: si el ofensor es más fuerte que tú, tenle miedo; si es más débil, tenle lástima”.

Esta consideración, pronunciada a un hombre bajo el peso de una injusticia real y seria, tiene la virtud de ponerlo prodigiosamente furioso.

El medio de digerir la injusticia es un secreto del cristianismo. Es la actitud heroica, y aparentemente imposible a las fuerzas humanas, devolver bien por mal, de bendecir a los que nos maldicen.

El Evangelio contiene muchos secretos, muchos abismos de filosofía moral. El Evangelio asume a Séneca a las alturas de la eficacia total.

Las fuerzas psicológicas del hombre son limitadas y pueden sucumbir a un gran dolor moral.

“Consolar al triste...” – y eso no con palabras sino con ayuda verdadera, es la mayor de las obras de misericordia.

Un gran dolor moral no consiste en un conjunto de imágenes lúgubres que se pueden espantar o apartar con reflexiones, distracciones o palabrería devota, como creen los santulones. Es pura y simplemente una herida, a veces una convulsión y una tormenta, que puede descuajar el alma y romperle sus raíces.

Un gran dolor no pasa nunca como un nublado tras del cual nace el sol, según la manida metáfora. Penetra en el alma, la cambia, se incorpora a ella y permanece ya para siempre. ¿En que forma permanece, como veneno o como espuela? Ese es el problema.

Un golpe grande que carezca del adecuado lenitivo puede desmoralizar para siempre a un hombre, intimidarlo, anularlo –y aun amargarlo y pervertirlo. Ése es su gran efecto natural. Recordemos al Sylas Marner de la gran novelista inglesa María Evans.

Todos los remedios de la filosofía, elaborados tan sabiamente por Séneca y Boecio, son de efecto local; y en los casos graves son del todo insuficientes. Sólo el amor cura las heridas del alma. Y sólo un amor sin medida las heridas desmedidas.

Cristo amó a la humanidad de ese modo.

El amor del prójimo es el único remedio de la injusticia social; pero el amor que trajo Cristo es un amor desmedido. Él le señaló caracteres enteramente excepcionales: tiene que ser de obras más que de palabras, tiene que llegar hasta a amar al enemigo, y dar la vida por el amigo.

Y para diferenciarlo de la caridad farisaica, el Maestro señaló su raíz, que es la justicia, y su flor, que es la misericordia. “Dais limosnas, pero habéis abandonado lo fundamental de la Ley, que es la misericordia y la justicia...”.

En este gran remedio del veneno de la injusticia, que es ahogarla en el amor, se cumple quizá la promesa de Cristo a sus discípulos: “Et si mortiferum quid biberint, nihil eis nocebit”. Beberéis venenos y no os harán ningún daño. El resentimiento es literalmente un veneno.

Esto no nos fue dicho, obviamente, para que bebamos cianuro a ver qué pasa, sino para que tengamos confianza cuando nos sintamos psíquicamente envenenados.

Éste es el milagro que dijo Cristo harían sus discípulos “mayores de los que Él hizo”. Claro que él también lo hizo primero.

Pero qué gracia, Él era Él.

Amar a los enemigos parece imposible psicológicamente; sobre todo cuando uno los tiene; y más aún cuando los tiene encima. No se puede aprehender a la vez a un hombre como enemigo y como amable; y nuestro amor depende de nuestra aprehensión. No puedo amar sino lo que es “bueno para mí”.

Además, parecería que eso de amar a todos destruye la actividad moral, paraliza la lucha contra el mal, infunde una apatía y una inercia budista, convierte a la sociedad en una tropa de borregos silenciosos o dulzones.

Pero hay que advertir, al que hiciere estas objeciones tolstoyanas o gándhicas, tres cosas:

Jesucristo no dijo que “no hay enemigos” como Buda; al mandarnos amar aún a nuestros enemigos, implica esa gran división entre los hombres, y no deroga el natural amor a los amigos, mayor que a los enemigos.

Jesucristo no dijo: amad más a vuestros enemigos o amadlos igual que a vuestros amigos… Eso sería contra el orden de la caridad, cualesquiera sean las expresiones acaloradas de los santos, cuando tomados de la locura de la Cruz parecerían a veces expresar lo contrario.

Jesucristo dijo: “Amad a vuestros enemigos”: pero no dijo: Poneos en las manos de vuestros enemigos.

Cuando no hay jueces capaces de irrumpir contra la iniquidad cunde la injusticia, se propala el resentimiento y se vuelve casi imposible la convivencia. Esto profetizó claramente nuestro Redentor: “Porque abundó la iniquidad se resfrió la claridad en la mayoría”. Como una de las partes de la claridad es la amistad cívica, que Aristóteles explica es la base de la convivencia, se sigue que el resentimiento vuelto plaga endémica pone a la sociedad en condiciones casi invivibles. Eso es lo que esta pasando hoy.

El resentimiento esa especie de rencor abstracto ha sido bastante explicado por Nietzsche y Max Scheler para ser ignorado por nadie. Basta abrir los ojos, tropezamos con él a cada paso.

El “resentimiento”, así con comillas, no es vulgar rencor, odio o despecho; es indignación reprimida mal o insuficientemente, por fuerza y no por razón, que se irradia concentricamente de objeto en objeto y de zona en zona anímica, hasta contaminar, cosa curiosa, el mismo entendimiento. Hay hoy día ideologías de resentidos expuestos en lenguaje científico y con las mayores apariencias de objetividad. Max Scheler ha descubierto el resentimiento en las ideologías socialistas, en muchas herejías medioevales, en la apostasía del emperador Juliano –en lo cual le precedió la aguda observación de San Gregorio- y hasta en el libro DE CONTEMPTU MUNDI del Papa Inocencio II.

Pero esta definición del resentimiento y su análisis en:

Indignación por una ofensa
represión violenta,
tristeza,
ansia de vindicta o venganza,
desplazamiento concéntrico a objetos lejanos
irradie sentimental
contaminación intelectual

son cosas pedantes. Bergson lo definiría rápidamente:

ira ulcerada o bien
rencor en septicemia.

Esta septicemia no tiene más penicilina que una gran inyección de amor tan tremenda que sólo es posible por la Fe y por la Gracia –ayudados de intermediarios humanos, como suele Dios hacer sus cosas. “Dios y ayuda” como dicen en España.

El amor a los enemigos no excluye la lucha contra la injusticia que está en ellos; antes a veces la impone.
Hay algunos que tienen la misión o el deber profesional de luchar por la justicia. Sea que ella nos alcance personalmente o no, la injusticia es un mal terrible, perceptible a los que poseen el sentido moral –sexto sentido que diferencia al noble del plebeyo- y luchar contra ella es obra de procomún, aunque en ocasiones parezca como una locura. Don Quijote tuvo esa locura, que en el ideal caballeresco, creado por la Iglesia en Europa, no era locura.

Decía uno:

Dios que permitiste contra
mí, la mayor injusticia
y vida nueva y caricia
me das ¿para qué? ¡Recontra!
Tu ley santa me confronta,
primero perdonaré
y después olvidaré
y habiendo vida y milicia
lucharé por la justicia
y un día veremos qué.

Hombres hay que la injusticia
no pueden tragar ni ver
pues los enferma, anoser
que luchen por la justicia
morirían de ictericia
si no luchan. Dejenlós
quijotes los llaman los
emboscados, que son tantos
ellos son locos o santos.
a mi me hizo de ellos Dios.

Unos locos y otros santos
son; y otros entreverados
yo nací por mis pecados
de estos que hoy ya no son tantos.
Llena de lacras y espantos
esta época no los pare
quien hallarlos deseare
no vaya a cortes de rey
porque ellos nacieron buey
¿y a dónde irá el buey que no are?...

Los que tienen el deber profesional de luchar por la justicia son los jueces (los juristas), los gobernantes (los pastores) y los soldados (los guerreros). Desgraciadamente la época moderna ha transformado a los jueces en máquinas, a los gobernantes en economistas y a los soldados en militares; y padecemos una gran escasez de caballeros andantes.

Los caballeros andantes son los que tienen, más que el deber profesional, la pasión, la manía y el vicio de la justicia. Esta disposición natural –sea temperamental, sea adquirida- de suyo debería coincidir con el deber profesional; de hecho hoy día andan los dos a veces separados. De suyo, así como sacerdotes deberían ser ordenados los que tienen carismas, así jueces deberían ser nombrados los que tienen quijotismo, como pide la ESCRITURA: (ECLI., VII-6) “Noli quarere fieri judex, nisi valeas virtute irrumpere in iniquitates; ne forte extimescas faciem potentis, et ponas scandalum in cequitate tua”. El juez débil no sólo no hace bien, pero causa escándalo: porque se espanta a la faz del potente; por lo cuál, el hagiógrafo pide al que quiere ser hecho juez –o gobernante- que tenga “fuerza para atropellar la iniquidad”; y simplemente disuade a todos de “buscar ser nombrados magistrados”.

Las reinas de la Edad Media se hacían perdonar de los leprosos la pompa y la alegría de una época quizá más feliz que la nuestra –pues tenía reinas santas en lugar de “estrellas” de cine- besándoles las llagas. Hoy día los leprosos se tienen que contentar con autógrafos. Rita Hayworth ha visitado el Leprosario de Barcelona. Los diarios de hoy lo cuentan; y cuentan una anécdota. Dicen que la Rita (la Gilda) recorrió el lazareto acompañada de una monjita joven y no mal parecida, que allí presta sus servicios. Al salir se volvió a ella y le dijo:

-Hermana, yo no haría lo que usted hace aquí por un millón de dólares.

La española le contestó muy templada:

-Yo tampoco.

Esta anécdota es muy vieja: me la contaba a mí mi difunta abuela cuando yo era niño de teta.

La represión del natural deseo de venganza por razones intelectuales o por amor de Dios produce en alma esa “hambre y sed de justicia” a la cual se prometió la bienaventuranza. Ella es la sublimación del rencor y de la natural pasión por la vindicta; pasión por el restablecimiento del equilibrio moral. El odio a la injusticia padecida se convierte en horror de la injusticia padecida por los otros. Los sentimientos heridos no se cicatrizan –como pasa por el olvido en las heridas pequeñas- sino que comienzan, como si dijéramos, a sangrar hacia arriba. Por eso nuestro Salvador lo comparó a una pasión tan pertinaz y luchadora como el hambre.

“Esto que me ha pasado jamás cicatrizará”, se oye decir a veces: “Sí que cicatrizará” es la respuesta vulgar, a veces falsa. Tiene razón el herido muchas veces. La respuesta exacta es: “Conviértete en un herido de Dios, deja atrás a los hombres. Sé místicamente cruel contigo mismo”.

Esa herida siempre abierta nos hace solidarios del dolor del mundo; nos establece en comunidad con todos los que sufren; y hacerse solidario del dolor del mundo fruto del pecado fue la razón de tomar cuerpo y naturaleza humana el Verbo de Dios. Hombre sin pecado. San Pablo decía que llevaba en su cuerpo los estigmas del Cuerpo de Cristo: y que su vida real estaba escondida con Cristo en Dios. Hombre en medio de los hombres, capaz de interesarse por todo lo que era humano, lleno de virtudes sociales, o como dicen hoy, de “humanismo”, ganándose el pan con sus manos y predicando la salvación con desinterés sumo y en medio de riesgos y molestias indecibles, el Apóstol de los Romanos, llevaba escondida su llaga secreta, que era la razón de su poder. “Mi debilidad es la razón de mi fuerza”. “Cum infirmor tunc fortior sum” (“Cuando soy débil es cuando soy más fuerte”).

Nunca fue más fuerte que cuando atadas las manos, inclinó el cuello a la segur del verdugo. Entonces fue saciada su sed de justicia y las palabras de sus cartas, pasadas de sangre, se volvieron eternas.

Todo esto es más o menos sabido, pluguiera a Dios que fuese practicado. Que esta época es dura e injusta, todos lo dicen. Que esta época es la peor época que ha existido, lo han dicho hombres parecidos a nosotros en todas las épocas.

Lo que interesa sería saber qué va a salir de todo esto.

Pues bien, no pueden salir más que dos cosas, o una restauración de la justicia o la ruina total de la convivencia.

O se produce una gran efusión de amor fraterno, que habrá de tener caracteres casi milagrosos, por el cual sea restaurada la justicia en todas partes, arriba y abajo, en la Iglesia lo mismo que en el Estado, en la sociedad y en la familia, en la vida pública, en el comercio y en el trabajo, en las leyes externas y en el corazón de los hombres –que es de donde todo lo demás brota…

O las actuales de condiciones de iniquidad campante y triunfante se continúan y multiplican, prevalecen de más en más los sin corazón y sin ley –“sine afectione absque foedere, sine misericordia”- se produce un universal e implacable sálvese quien pueda y las masas egoístas y atemorizadas caen bajo el poder de los tiranos violentos y mistificadores sutiles, o de esa mezcla de ambos que ha de ser el Gran Emperador Plebeyo; ese “Hombre de la Iniquidad” que hace ya dos mil años la Cristiandad apoda con el dictado apostólico de Anticristo.



Texto: CASTELLANI, Leonardo: Los papeles de Benjamín Benavides. Bs. As., Dictio, 1978, Parte Cuarta, Cap. III.



Tomado del Blog El Buen Combate

sábado, 17 de enero de 2009


Fragmento del Poema introductorio a
"La Muerte de Martín Fierro"




"... El verbo que trajeron de Europa los abuelos,
Militantes briosos con chirridos de espadas,
Se asordinó de trémolos y de melancolías
En la llanura verde, sonora de la Pampa.

En ese mar inmóvil, imponente y fecundo,
Que promete y acoge, mas también amenaza,
Se ahogó sin ahogarse porque salvó la ropa
La dureza soberbia y el brío de la raza.

Con arcabuz y espuelas la conquista del indio
Era fácil -y un poco de catecismo;- para,
Conquistar la llanura, la montaña y el río-
No ,entendían latines el río Y: la montaña.

La tierra vengó al indio y humilló al inmigrante,
Impuso condiciones, testaruda y callada,
Para dar de su oscura ubre vital bebida
y frenar los antojos petulantes del tránsfuga.

La tierra dio frenillo balbuceante a la lírica
Volubilidad gárrula de la andaluza parla,
y en Martín Fierro la hizo de nuevo arcaizando
Pesada, sentenciosa, rítmica, castellana.

Y los prosaicos rudos y salvajes paisajes
y elementales como mercurio en. amalgama
Domaron sutilmente las imágenes cultas,
Contrarreformas, Reyes y otras diversas charlas.

"Y la lenta elegía de las tardes de lluvia"
Con los himnos fastuosos de las lunas de plata
Le dieron nuevo cuerpo, sano y bruto a la otra
Supercivilizadamente anémica alma.

Y los viajes inmensos y el vacuno y el trigo
y la lucha del viento, de la tierra y el agua
Limaban como lima sorda la antigua otra
Supercivilizadamente sonora alma.

Y el coraje diario, directo y primitivo,
y el olvidar salubre, que es ciencia y no ignorancia,
Bañaban de un bautismo telúrico la otra
Supercivilizadamente finchada alma.

Y somos españoles porque el alma es la misma,
Según dicen los sabios, pero el alma de España
Fue tragada tres veces por él polvo sin límites
y animó una diversa nueva y bárbara estatua.

Pues la tierra es la tierra, sin el cuerpo no hay hombre,
y asÍ, en una terrena metempsÍcosis bárbara,
Juan Manuel es Fernando, no el"Santo" ni el"Católico",
Si quieren; pero el brote directo desa rama..."


DESIDERIO FIERRO
(P. Leonardo Castellani)

Barcelona 18 - III - 1949




Leonardo Castellani, "La muerte de Martín Fierro", Ed. CINTRA, Bs As 1953, Pags 13 - 16.





Texto digitalizado por León Hispano.

martes, 6 de enero de 2009

"debemos proclamar como cristiano que la Bandera azul y blanca es santa, puede ser santa y debe ser para nosotros santa".
(P. Leonardo Castellani)



CANCIÓN DEL AMOR PATRIO.
De Paul Verlaine, traducción del Padre Leonardo Castellani

Amar la patria es el amor primero
y es el postrero amor después de Dios;
y si es crucificado y verdadero,
ya son un solo amor, ya no son dos.

Amar la patria hasta jugarse entero,
del puro patrio Bien Común en pos,
y afrontar marejada y viento fiero:
eso se inscribe al crédito de Dios.

Dios el que no se ve, Dios insondable;
de todo lo que es Bien, oscuro abismo,
sólo visible por oscura Fe.

No puede amar, por mucho que d'Él hable
del fondo de su, gélido egoísmo,
quien no es capaz de amar ni lo que ve.







Extraido de "Castellani por Castellani", Ed Jauja, 1999, pg 232. Digitalizado por León Hispano.